Fui pateada una vez más; en esta ocasión fue con más odio que amor. Semejante impacto hizo alejarme del camino correcto a casa, y terminé cayendo entre dos sujetos que parecían enemigos. Recuerdo muy bien la vestimenta de ambos; uno llevaba una playera blanca, mientras el otro lucía una con un escudo muy grande a la altura del corazón; escudo que no logro recordar.
Ambos tipos se peleaban por levantarme, además, simultáneamente se agredían con un repetitivo e hiriente: “hijo puta”… El de blanco ganó la disputa, acto seguido me tomó entre sus manos, me besó y dijo –por favor llega a la casa correcta-, (éste sí me entiende -pensé- pero, ¿a qué se refiere con correcta?) al decir esto, me guío hasta mis dominios con un suave empujón.
Me encontraba de regreso en mi territorio. La gente inmediatamente cercana a mí, corría a mis alrededores, como si yo fuera su tesoro más preciado en ese instante. Sabía que estaba de regreso en el lugar correcto al ver a un sujeto vistiendo pantaloncillo corto de color azul. Se me acercó y me trató con una inigualable clase e impresionante astucia. Pareció como si me hubiese llevado de la mano hasta uno de sus compañeros, que aparentemente agradeció con la mirada mi llegada.
Comenzó a correr de manera desenfrenada, esquivando a todo rufián que se atravesara en el camino con notorias intenciones de llevarme a otro lugar. A pesar de la velocidad de este muchacho, logré mantener el paso porque parecía como si estuviera adherida a él.
Por fin pude ver mi casa, esa inconfundible estructura protegida por un muro ahora pintado de blanco, junto a ese conserje joven y trabajador, que dicho sea de paso no es muy de mi agrado. Me comencé a impacientar; empecé a sufrir esa sensación: “tan cerca y a la vez tan lejos” al no poder encontrar la llave para atravesar la molesta pared, además de que podía ver la mueca de gusto del joven al otro lado.
Me movía de un lado para otro, procurando hallar ese pequeño hueco que me permitiese arribar a mi hogar, claro sin perder la calma. De buenas a primeras una persona muy alta, de tez morena, con un número catorce pintado en la espalda, gritó algo en un idioma que pude descifrar se encontraba entre francés, español e inglés; grito que logré definir como un: “¡Lio estoy libre! Mi veloz ayudante me pateó a ras de pasto hasta los pies de aquel jugador; que de primera intención me hizo volar por encima del paredón blanco.
Me encontraba volando frente al conserje; ese joven cuidador de puerta: Íker Casillas, que a pesar de su increíble pirueta voladora, cuya intención era impedir la entrada a mi casa, no fue capaz de evitar mi admisión.
Caí directamente en mi cama hecha de red blanca, mientras la mitad de la gente asistente al estadio soltaba un alarido prolongado de ¡gooooooooool! Acompañado de aplausos y me arriesgo a decir que hasta de lágrimas.
Una pantalla en lo alto exponía un marcador así: FC Barcelona 2: 1 Real Madrid, minuto 93:56. Con los escudos respectivos. Fue ahí donde me di cuenta que defraudé al sujeto que me besó tan sólo unos minutos antes, pero otorgué una alegría incalculable al portador del escudo en el corazón, que ahora sé, es el de un grupo de amigos que se divierten conmigo y lo disfrutan con una alegría solamente comparable a la de un niño.
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